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La mujer y los sueños en el romancero DIEZ DE LA CORTINA MONTEMAYOR, Susana Zaragoza, 2021 Encuadernado en rústica. 192 páginas, 17x24 cm 978-84-8465-576-3 PVP 17.00 € Comprar
El ensayo La mujer y los sueños en el romancero indaga en la contribución de la mujer al conocimiento y a la sociedad de su época, tomando como referencia el corpus de los romances medievales que, en su mayoría, conocemos por sus versiones escritas, que comenzaron a publicarse desde el siglo XIV, y que han llegado hasta nuestros días también por tradición oral. Mientras que a los varones, instruidos en las artes, las letras y las ciencias, les estaba reservada la gran literatura culta de autor y el conocimiento técnico-científico, las mujeres, analfabetas y apenas educadas, se especializaron en el folclore y los saberes ancestrales sobre la naturaleza y sus ciclos, que no precisan la escritura, pues se conservan en la memoria y se comparten de una generación a la siguiente: recetas, refranes, remedios o cantares que han asegurado la pervivencia de nuestra especie y de nuestra cultura a lo largo de los siglos.

Con un enfoque principalmente divulgativo, Susana Diez de la Cortina se centra en la mujer como heroína, albacea y transmisora del romancero de origen medieval, época que nos remite idealmente a dos figuras femeninas antagónicas pero complementarias: Eva, la que induce al varón al pecado, y María, la que intercede por él y lo salva. A través de los relatos oníricos que jalonan las baladas, vamos descubriendo una tercera figura poderosamente clarividente, intérprete de sueños, súcubo y hechicera, capaz de transformaciones sobrenaturales, de la que, tal vez deliberadamente, solemos olvidarnos: Lilith, la «doncella de la noche», cuyo referente escrito más antiguo se remonta a la epopeya sumeria de Gilgamesh, que reaparece, ya demonizada, en las culturas semíticas, y emerge en el Génesis como primera mujer de Adán, al que abandonó por no aceptar una existencia sojuzgada a él. En ese recorrido por el imaginario de lo femenino comprobaremos que no hay gran diferencia entre la adoración del amor cortés a la dama, divinizada por el caballero que le rinde vasallaje, la devoción a María, y la veneración de los pueblos antiguos a las diosas de la fecundidad.

El romancero, patrimonio del pueblo que lo conserva y reflejo privilegiado de su idiosincrasia, se halla repleto de datos históricos, es decir, de los que hay memoria escrita, pero resuena también con las reminiscencias orales de lejanas civilizaciones y culturas de los primeros cantos de la humanidad. La mujer del romancero es fuerte y decidida: se pone al frente del feudo o del reino cuando su marido está ausente; no duda en vestirse de hombre para ir a la guerra; va en busca de su amado pasando mil calamidades hasta encontrarlo; goza de enorme consideración como madre; es inteligente, incluso sabia, y admirada por ello; verdadera protagonista de los romances, es una mujer que tiene contacto con el mundo sobrenatural, que posee unos conocimientos y unos poderes que le permiten hacer premoniciones. La interpretación de los sueños, práctica habitual y remunerada, era ejercida por mujeres de la estirpe de Lilith, como muestra el caso de Lucrecia de León, famosa onirocrítica de la corte de Felipe II que predijo el fracaso de la Armada Invencible: los destinos del imperio podían depender de las interpretaciones de los sueños de estas mujeres extraordinarias.
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· Susana Diez de la Cortina publica ‘La mujer y los sueños en el romancero’ en Mira Editores (Reseña en Ronda Comunicación, 10/01/22)
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